La marcha del golazo solitario

Actualizado: may 22

“Ya no mas,

Ya no más”.


Roberto “Mano de Piedra” Durán.


LA PROCESIÓN DE O REY


La historia que empieza por el final. Pelé en México ´70, con su voz en off diciendo que ya no quería mas, que aunque tenía 29 años ese era su último mundial. Y el relato de otros diciendo que podría haber jugado 2 mundiales mas. Pelé cansado, Pelé reflexivo, Pelé concentrado, Pelé buscando revancha. ¿Revancha de qué? De las patadas que se comió desde que le tomaron la mano en el mundial de Chile en el 62 hasta que lo lapidaron como hacían en tiempos bíblicos en Inglaterra 66. Edson Arantes Do Nascimento nunca había querido ser ídolo de alguien, solamente se movía con la gracia de un felino y tenía una habilidad increíble con el balón que lo llevó a los 17 años a jugar un mundial y pintarle la cara a todos. Los suecos en 1958 habrán pensado que estaban viendo a alguien llegado del futuro, alguien que rompía con la idea establecida de cómo moverse. Se ve en los videos. Los rivales quedan mirando a la aurora boreal que se puede ver allá en el norte cuando Edson les tira un caño, o un sombrero, o una bicicleta. ¿Qué nos pasó?¿Donde estamos? ¿Qué estamos haciendo?, se preguntan todos, borrachos por los ojos y por el cuerpo que no encuentra aire ni verbo para entender o explicarse la realidad. Pelé a los 17 era un alquimista, podía cambiar la realidad, desafiar leyes sin proponerselo, sin siquiera saber lo que es una ley.


El documental cuenta que a los 29 es un hombre golpeado por piernas brasileras, inglesas, portuguesas. Está golpeado por el peso exigente de la revolución industrial que se metió en el futbol y lo transformó en una fábrica de robots que a fuerza de correr sin parar bajo la dictadura de tácticas y estrategias basadas en estadísticas frías. La revolución industrial que domestica a la naturaleza estaba consiguiendo de a poco dejarlo en un macetero para exposición mundial en esas giras eternas que hacía con el Santos o con la Selecâo regándose con billetes de todos los colores. Jugar por amor y placer en México 70 no bastaba para O Rey. Así como le amaga al arquero uruguayo Mazurkiewicz corriendo por un lado y dejando pasar la pelota por el otro en la semi final, Pelé ya venía amagando con no jugar mas para Brasil. No tengo suerte en los mundiales, decía aunque había ganado dos pero jugando solamente el primero en forma completa. Un cuerpo castigado, una mente sufriente. ¡No estoy muerto! ¡No estoy muerto! ¡No estoy muerto!, cuentan que gritó cuando entró al vestuario del estadio Azteca después de bailar a Italia en la final.




ENTRE EL AMOR Y EL ODIO (ESTÁN EL CUERPO, EL DOLOR Y EL HARTAZGO)


Me llegaron a decir que era un cagón por retirarme a los 29 años. ¿Cómo explicar que la cabeza no te da mas? ¿Cómo entender que lo que amaste tanto tiempo ahora te lastima y te aleja? Mi cuerpo es el único que tengo. El destino de los cuerpos que hicieron deporte intensamente es el desgaste y el dolor. La mayoría de esos cuerpos que en algún momento fueron un templo de adoración, un vehículo para sentir placer y expresar un talento terminan siendo una jaula de sufrimiento y calvario. Pelé en su documental aparece en silla de ruedas. Maradona terminó sus días con las piernas formando un arco y caminando con dificultad. Batistuta confesó que alguna vez pensó en amputarse los pies porque el dolor en sus tobillos era enloquecedor.


André Agassi empieza su libro contando el dolor que atravesaba en sus últimos años, que para activar al cuerpo y calmar el dolor se sometía a inyecciones y todo tipo de artilugios. Pero además, dice que odia el tenis, lo odia con toda su alma. Lo repite durante todo el libro y nadie puede entender porque alguien con un talento tan grande que le puede hacer ganar millones puede odiar lo que hace. Nadie lo entiende hasta que se lo confiesa a Steffi Graff. Yo también odio el tenis, dice Steffi que ganó 22 Grand Slam y estuvo 377 semanas en el número 1 del ranking mundial, ¿Quién no lo odia?


Los finales.

A veces los finales de la gloria son una gran derrota.


No odiamos el deporte. No puedo decirlo cuando voy un sábado a jugar un partido de fútbol en un torneo de cancha reducida y 7 jugadores por lado. Amo poder estar en esa cancha donde me pienso, como la primera vez que toqué una pelota, que estoy en el Azteca como Pelé y Maradona. Me lo tomo con la misma seriedad e intensidad que un concertista de la Filarmónica de Londres tocando a Rubinstein. Corro, toco, respiro, busco ser preciso porque amo jugar, porque es una forma elevada de expresión. El deporte no es el depositario del odio. Es la forma en que lo encaramos gracias a la revolución industrial que pretende maquinas en lugar de cuerpos, que quiere rendimientos aún en circunstancias de extenuación, que no piensa en el cuidado físico ni mental porque siempre puede haber un reemplazo. Ahí si, ahí odio el deporte como André Agassi. ¿Quién no lo odia?


Los finales de gloria como gran derrota pueden tener otro final.

Otra vuelta.

La reflexión.

La lección que sirva para otros.


Lo que amamos no debería destruirnos.

No deberíamos destruir lo que amamos.



Es mas fácil destruir lo que te hace doler que comprenderlo. Durante un buen tiempo quise odiar al deporte. Lo odié en secreto, como Agassi, como Pelé. Y no llegué a jugar ni cerca del nivel al que lo hicieron. Pero odié el mono-tema del resultado y el debate por los cambios hechos por entrenadores en charlas deportivas. Odié que el deporte ocupe cada conversación de mi vida. Odié que me dolieran partes del cuerpo diariamente. Odié darme cuenta de que competía en todo. Odié pensar que después de haber sido capaz de muchas cosas con mi cuerpo esa posibilidad iba a morir. Porque dejar de jugar es notar que el cuerpo muere…


O es lo que nos hace creer la visión mecanicista del deporte. Esa visión no está únicamente ligada al deporte, está también en la forma en que concebimos nuestros cuerpos, nuestro movimiento. Nos pensamos como envases, como maquinas que rinden hasta cierto tiempo. Y es verdad que hay tiempos biológicos. Podemos gestar hijos hasta cierta edad, por ejemplo. Eso no significa que la vida a cierta edad es sentarse a esperar a la parca, haciendo crecer la panza, estando cada vez mas a disgusto con nosotros mismos. Se produce un círculo nefasto que llamamos baja auto estima: me siento con poca energía y débil y entonces me pienso débil y frágil. El círculo crece como una bola, como la fama con la que no podían lidiar Pelé o Maradona. Crece el círculo de baja auto estima como el dolor de Batistuta y Agassi. Y aunque creamos que el círculo se puede achicar con mas éxitos, victorias y trofeos de alguna nueva disciplina eso solo sirve como los calmantes que le inyectaban al Batigol para que siguiera inflando redes mientras destruía sus tobillos.


Buscar desafíos sí, pero el primer desafío de todos, descubrí cuando dejé de jugar, es comprender como funciona la mente y como tener una práctica de movimiento sustentable, un entrenamiento mucho mas profundo que el hiper especializado que solo sirve para la competencia. Yo buscaba un entrenamiento como el de los monjes shaolines que pueden moverse con gracia, fluidez y elegancia hasta la vejez y que, además, tienen la sabiduría para comprender a la naturaleza. Quería tener una práctica que fuera para la vida, para estar mejor en el mundo, sin dolor, con fuerza y flexibilidad, y sobre todo sentir la alegría inexplicable del movimiento.


Amo el deporte. Amo todo lo que tiene que ver con simplemente jugar. Y más. Cuando recuerdo el olor del átomo desinflamante, esa pomada que usábamos para calentar los músculos, mi cerebro automáticamente libera dopamina, siente placer de solo recordar esos momentos hermosos y llenos de adrenalina. Si voy por una ruta lejos de mi casa en alguna provincia y veo unas haches de rugby quiero bajar a ver cómo es ese club. O si veo en Brasil a 4 personas jugando al Futboley quiero preguntar si puedo entrar a ganador. Quiero jugar siempre, eso no lo voy a odiar nunca. ¿Quién lo odia?


Pero antes que nada amo moverme. Y cuando no pueda patear una pelota, o correr con la ovalada en un picado voy a querer poder caminar muchos kilómetros, voy a querer levantar peso sin dolor, voy a querer tener el cuerpo disponible para ser responsable de mis cosas, de cargar mis comprar, de ayudar a mudarse a alguien.




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