Lo sé, es solo un rol

En mi época como deportista profesional me había vuelto extremadamente obsesivo con el orden, el entrenamiento y la alimentación en pos de la competencia, algo muy común en los deportistas. Era el pináculo de esa construcción básica que es pensar la propia identidad en base a éxitos. Como toda construcción se fue dando de a poco, con pequeños hitos que reafirmaban la idea. Perder era lo peor, una vergüenza. Debía ser un tipo bastante insoportable con mi inseguridad, tratando de ganar hasta en un paseo en bicicleta. La carrera nunca es contra el otro, es con uno mismo, con la idea de perfección. Se sufre constantemente por cuanto comer, por cuanto entrenar, por lo que hiciste o no en la cancha, por si te tendrán en cuenta o no. Pulgar arriba o abajo. Dia y noche con esa imagen en la cabeza. La realidad como si fuera un martillo gigante cae sobre vos a romper una y otra vez tus expectativas y sin embargo, seguís apegado a ellas, volvés a tenerlas. Porque si hay algo en lo que es bueno un deportista es en ser obcecado. Voy para allá y nada me va a frenar. Pum! La realidad con martillo. Nada, ni una reflexión. Voy a ir de nuevo y esta vez le voy a demostrar a la realidad lo equivocada que está. Pum, pum. No hay con que darle, el deportista va a ir de nuevo en busca de hacer realidad esas expectativas por mas que tenga que dejar de comer helado, entrenar millones de horas por día y no preocuparse por nadie mas que su propio y limitado ser.


En el momento en que empezó a hacerme ruido la importancia desmedida que le damos al éxito y a la derrota supe que mi tiempo como deportista tenía fecha de vencimiento. Habíamos perdido contra CUBA y yo ese día jugué probablemente el peor partido de mi vida. Fue adrede. Estaba ausente. Filosofar es maravilloso. Es un problema cuando filosofas durante un partido. Yo estaba en la cancha pensando, cuestionándome qué hacía ahí adentro, que sentido tenía ganar o perder, para qué hacía el esfuerzo enorme de dedicar horas a levantar pesas y correr para cumplir con tiempos de entrenamientos demenciales, escuchando una y otra vez los discursos plásticos del sacrificio dale, dale, vamos muchachos. Eran demasiados platillos voladores dándome vueltas por la cabeza. Y así me pintaron la cara un par de veces. No tenía reacción. El que estaba en frente mío parecía mas rápido que Usaín Bolt el día que rompió el récord mundial de 100 metros. Perdimos. No fui el único que jugó mal. En el entretiempo un entrenador me dijo parecés ausente. Y si, estaba ausente. No podía interesarme menos estar adentro de la cancha. Al menos fui sincero porque lo que me pasó a mi lo vi cientos de veces en otros, solo que la mayoría no se sincera. No siempre querés estar ahí. En el vestuario vi caras de tristeza, de congoja que parecían ensayadas mirando María la del barrio, la telenovela de los ´90 protagonizada por Thalía. Músculos tensos en caras tensas en lamentos tensos. Un gran teatro, pensé. Yo no estaba ni mal ni bien. No me importaba. Solo tenía que darle el ultimo desajuste al tornillo para hacer caer el estante.



Muchos años después de eso el día que presencié la lesión que terminó en la muerte de un chico al que entrené cuando un scrum colapsó y daño su columna vertebral volví a mi casa y me tiré a llorar en la cama. Lloré por dos razones. La primera porque sabía que la vida de una persona estaba comprometida. La segunda porque dejó de tener sentido el rugby para mí y con eso se caía todo lo que creía mi identidad. Nos apegamos tanto a los roles que no sabemos separar. Creer que uno es el rol que cumple es miopía. Uno es rugbier para toda la vida, dicen. No se bien qué significa. También dicen que uno es Puma para toda la vida. Lo entiendo menos. Uno es humano para toda la vida. En el medio es hijo, amigo, amante, es también huesos, piel, pelo, sangre, bilis, moléculas que nacen y mueren. ¿Qué somos? No sabemos bien, pero hay algo que es seguro y es que no somos los resultados de encuentros deportivos.



Retirarse para un deportista es igual a morir. Es tirarse al vacío. Es soltar la certeza de que lo que hacés bien ya no está más y no hay otra cosa a la cual agarrarte. Te lo pueden explicar de mil maneras pero lo comprendés cuando lo vivís. Jugábamos contra Los Matreros, el club donde había hecho mi primera participación en el plantel superior unos cuantos años antes, cuando era un potrillo que cabalgaba sin cansarme surcando los campos y eludiendo rivales en tiempos jóvenes y bellos. Estaba cansado de competir, de creerme el relato de ser ganador y perdedor, de someterme a aquél juicio cruel de los números en el tanteador, de los entrenadores en su análisis de la semana, y de mi cabeza a cada minuto del día. A los diez minutos, tal vez veinte, pongamos diez, siento un dolor en mi rodilla, un pinchazo que ya había sentido en la semana, en la misma pierna donde dos semanas atrás había tenido un pequeño desgarro. Raro, si no escuchás las señales del cuerpo. Lógico, considerando que me daba vueltas por la cabeza la idea de no jugar mas al rugby, de hacer otra cosa, y el cuerpo lo expresaba con estos dolores y lesiones. El pinchazo en la rodilla fue traducido como miedo y minutos mas tarde cuando me encontré solo en el vestuario mientras el partido se seguía jugando, como una alegría. Matrero en el lenguaje rural es el adjetivo que refería a aquél que buscaba el monte para escapar de la justicia. Ya está, terminó acá, dije. Me fui a casa en silencio pero con la canción sonando bajito pero clara. No juego mas, no juego mas. Solamente tenía que comunicarlo. Era mitad de año y casi nadie se retira a esa altura. Esperan al final de la temporada. Pero yo no quería esperar nada. Nueve años en alto rendimiento es mucho mas que ese tiempo para el cuerpo. Es desgaste extremo, físico y mental. El kinesiológo me dijo que me hiciera una placa, estudios. Yo solo quería decir las palabras mágicas, las palabras clásicas: Ya no juego más. En mi cabeza como un partido descarnado, una batalla sin cuartel se debatía el pensamiento entre no juego mas y ¿qué voy hacer?, entre redoblar la apuesta y resurgir ante la adversidad o mandar todo a la mierda y hacer otra cosa. Tampoco faltaban las explicaciones que me daba a mi mismo: ¿A quién le importa si dejas? Y por otro lado ¿Qué van a pensar si dejás? Me enfermé esa semana. Tuve fiebre probablemente por tanto debate interno. Cuando le comuniqué mi decisión a los entrenadores fue lo mas parecido a una charla con uno de esos robots en las empresas de servicios. Cuando me retiré me morí. Pero fue para nacer de nuevo.


¿Dejé de ser competitivo en el sentido negativo, en el destructivo, el que entendemos para el carajo, el día que dejé de jugar? Esa pregunta proviene del seno mismo de lo que uno busca desarmar. Es pensada y enunciada en términos lineales, como la mayoría de nuestras construcciones intelectuales. Algunos martillazos sirven para romper fuerte, para hacer un gran trabajo de deconstrucción. En la observación cotidiana es que se puede re configurar la mirada del mundo y de uno mismo. Nunca destruir, siempre deconstruir. De la destrucción no queda nada. La nada, ya lo descubrieron los griegos, no existe: si se puede nombrar ya es. Pensándolo profundamente ¿Se puede realmente destruir algo o simplemente se re configura y toma otra forma?




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